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DaWanda en Berlín, elegido por Graebert

Cuando uno prepara las maletas para viajar a una nueva ciudad lleva consigo mucha ilusión y expectativa. Casi es mejor no saber nada del lugar a donde se va, cosa de poder ser sorprendido en directo. 

Claro, cuando hablamos de Berlin es inevitable que se vengan a nuestras cabecitas el pasado no tan lejano y oscuro, la guerra fría, el muro de Berlin. 


Pero nuestra mente “nos conoce” y hace un intento rápido por quitar esas imágenes en blanco y negro para dar lugar a imágenes europeas con ciudades plagadas de bicicletas, tiendas, gente caminando en todas las direcciones, cafés y restaurantes llenos.

Pero una cosa es imaginárselo, y otra es estar ahí. 

Berlín ha superado cualquier expectativa que haya tenido sobre esta ciudad. 


Es verdad que no hay rascacielos, al menos como uno esperaba de la capital de Alemania. 

Pero justamente esa falta de altura la hace ser horizontal. 

Avenidas plagadas de restaurantes llenos, tiendas para todos los bolsillos, y donde uno puede conseguir casi cualquier cosa. Una ciudad donde los Ferraris abundan no puede ir mal. 

Los BMW casi parece que los regalaran con la Happy Meal, y siempre hay un “raro” que tiene un Citroën (espero se entienda la metáfora). 

El transporte público es perfecto. Te subes y te bajas con una precisión ¿suiza?. Puede que los suizos sean los reyes de la relojería pero los “berlineses” son los reyes de la puntualidad. 

Claro, cuando subes al tren del metro y llegas a una nueva estación miras con curiosidad a las personas que entran con sus perros, o incluso a los que entran con sus bicicletas. 


Dice que no se puede beber, pero es inevitable (sobre todo en la noche) encontrarse con gente joven con alguna cerveza en la mano.

Sin embargo se respira “espacio”. Nadie se mete con nadie y si necesitas ayuda para entender un mapa o llegar a un lugar, no tienes más que acercarte a cualquier persona que tengas mano, sea blanca, negra, baja o muy alta para preguntarle, y en un excelente inglés te dará las instrucciones que necesitas. 

Todo parece estar hecho para funcionar. 

Quizás lo único lamentable es la “pillow” (almohada) que hay en algunos hoteles. Es una especie de funda cuadrada sin relleno. Imagino que alguno la enrollarán para que se parezca a una almohada pero es simplemente imposible dormir con ella. ¿Que les costará poner una almohada normal?. Bueno, mi enojo con el pobre chico que estaba por la noche en el hotel no tenía ningún sentido. Él no había elegido las almohadas ni tenía otra distinta para darme, me dijo preocupado por no poder satisfacer mi necesidad. Pero más allá de ese detalle, donde sólo puedo decir que dormir bien es fundamental para al otro día tener fuerzas para caminar y caminar, conviene llevar 8 o 9 euros pensando que quizás no sea mala idea comprar una almohada “normal” en algún punto cercano al hotel. Esto es sólo recomendación. Cuando llegue la noche y les toque una de estas almohadas lo entenderán.


Dejando de lado este pequeño detalle, nos centramos en Berlin. No todos los lugares sirven cervezas enormes, algunos sólo son grandes. Pero también hay lugares donde son vasos de tubo conocidas en España como “cañas”. Aunque son los menos. Lo cierto es que pedir una cerveza implica al menos una jarra con casi 750 ml de cerveza, pero también hay lugares que las sirven así de grandes. Serán como 3 o 4 litros, no lo sé. Pero son enormes.


Cuando vas a comer en algún restaurante sorprenden los precios y la cantidad. Si bien en la avenida más chic puedes pagar una pizza a 12 euros (un precio normal en España), lo cierto es que si te alejas 3 o 4 calles, o estás en un centro de algún barrio de Berlin la misma pizza te costará 3,50 euros. Es decir, que incluso el lugar que supuestamente es más caro son precios normales. Y los lugares más económicos, pues son muy económicos. Las ensaladas son grandes y perfectamente comen 2 personas, y si pides pasta en un italiano, el plato es así de grande. Osea, una ciudad ideal, jeje. Me gustaría hacer mención de un restaurante italiano que fuimos invitados por Graebert donde en el menú teníamos pasta entre las opciones. Como buen italiano lo pedí casi sin pensarlo. La sorpresa era que llevaba Trufa rayada. Nunca la había probado y me ha parecido exquisita.

Pero Berlín no es sólo historia, muros, restaurantes o transporte público es mucho más. Algunos detalles como casi no ver policía en la calle y sentirse seguro incluso atravesando parques oscuros. O mirar con “envidia” como los locales comerciales cierran la puerta con llave y poco más. No hay rejas, no hay vallados, no hay muros. Las oficinas que dan a la calle muestran al transeúnte todo su equipamiento sin temor. Ventanales grandes se muestran de día y se muestran de noche. Está claro, que es una ciudad segura. Pasar al lado de un grupo de Skin Head vestidos de camuflaje, y tener a 15 metros de ellos un grupo de africanos, y unos metros más adelante un grupo de raperos, casi parecía una exposición de tribus urbanas, más que de razas o nacionalidades. A la vez, que veías que la policía a 200 metros tenía retenido a un taxista quien explicaba moviendo las manos algo que seguro tenía que ver con el semáforo. 


Berlín es diferente, incluso los semáforos lo son. Estoy convencido que si Usain Bolt entrenara en Berlín sería más rápido. Porque casi es imposible comprender como un semáforo puede durar tan poco. 

Si vas a marcha normal no llegas al otro lado, se pone en rojo. Incluso las avenidas, están pensados los semáforos para que con suerte y si te has preocupado en apurar tus pasos llegues a la mitad. Ahora, deberás esperar unos segundos para que el otro lado te permita cruzar. 

Tiene truco, porque mientras tu vez la roja, los coches siguen estando en rojo, pero el susto que te das el primer día cuando atraviesas una avenida no tiene precio. 


Berlín es contraste, velocidad mezclado con el aspecto de una apacible ciudad mediana. 

Casi uno no se da cuenta del tamaño real de la city, salvo cuando caminas, caminas y pruebas todas las líneas de metro que vas encontrando. Incluso los trenes interiores que van por vías exteriores atravesando toda la ciudad. Trenes que por cierto cada parada implica una obra de arte de la ingeniería de otrora. 


Con vigas remachadas que son una obra de arte. Mientras también encontramos estaciones de metro que conviven con la estación del tren interior y que simplemente uno termina odiando que el siguiente tren llegue tan rápido, tan puntual, para poder quedar mirando el techo, la estructura que lo envuelve. Diciéndonos lo importante que es, cuando esa estación no sólo es eso, sino que está envuelta por una cubierta sublime, con carteles de neón en alemán que le dan un aspecto fantástico. Sublime. 

Además que alberga pequeños puestos de comida que no sé a que hora cierra, ni siquiera sé si cierran. 

Un centro comercial que es estación de trenes y de metro, o una estación de metro que es un centro comercial. Quién sabe que llegó primero. Hay lugares que parecen haber sido así siempre, desde el mismo génesis. 

Es verdad que cuando uno viaja a una ciudad casi evita ir a un centro comercial. No queremos ver tiendas, queremos ver museos, respirar el ruido de la ciudad. 

Pero como puedes hacer para evitar tentarte entrar en el edificio de KaDeWe. 

Es casi imposible. Incluso, me animo a decir que es imposible. Entrarás…, por alguna razón, caerás… y entonces descubres que todo lo que ya creías haber visto no lo era. 

Cuando todo el lujo parecía concentrarse en las calles, resulta que quedaba la joya de la corona. 

Cuando antes habías tenido el privilegio de subirte a un coche como un Tesla de poco más de 100 mil euros, resulta que ahora en un pequeño hueco de la pared del KaDeWe 3 anillos minúsculos costaban lo mismo que el Tesla más 2 años de electricidad para cargarlo. 

¿Y la parte de juguetes?, puf… quien fuera niño otra vez. Y cuando todo ese glamour, ese poderío económico se iba haciendo “común” tras caminar por sus pasillos, llegabas a la necesidad inminente de comer algo. 


Entonces vas a la última planta donde te espera la zona de comidas, con una cúpula acristalada muy similares a las usadas en las estaciones de trenes más modernas. 

¿Se puede comer ahí? ¡Claro que sí! es Berlín, donde pasas a una zona llena de puestos multicolores y étnicos y donde puedes pedir platos preparados o los preparaban en el momento pagando un promedio de 2,50 euros los 100g. de comida. 

Luego de llenar tu bandeja, pasas por una caja y pagas para luego sentarte allí, debajo de esa cúpula increíble. 


Pero Berlín es mucho más que eso, casi es imposible describir al detalle cada momento. Cada cosa curiosa que veías en todas las esquinas. Berlín es genial. 

Por momentos me recordaba a la foto de Einstein con sus pelos alborotados después de una lucha de peines y la lengua afuera. Berlín es más o menos esa foto, que todos conocemos. Un lugar genial, pero diferente. Con un toque de “locura ideal”.
La presentación de Gräebert para mostrar las novedades de la versión 2015 de sus productos estrellas como Ares Commander, fue realizada en el local de DaWanda Snuggery. Un lugar que sobre todo encaja a la perfección con la propia ciudad. 

Seguramente lo han hecho de manera inconsciente, pero el sitio elegido era justamente la idea de Berlín llevada a un lugar, a un espacio, llamado DaWanda. 

Se trata de un lugar que son muchas cosas juntas en un mismo espacio. Podríamos decir que es un lugar donde la gente va a aprender a crear objetos. 

Artesanías que van desde remodelar muebles, técnicas de pintura, también hacen trabajos con máquinas de coser, y crean marcos, pintan, y un larguísimo etc. Es un taller, un lugar donde aprender técnicas para crear artesanía en general u objetos de uso cotidiano con toque diferente. 

Pero a la misma vez es un bar, donde puedes pedir un café, un té, o cualquier bebida que se te ocurra, e instalarte en una mesa del taller, o alguno de sus sofás. 

Abres tu portátil, te conectas a su red Wifi y navegas, o bien trabajas, o haces lo que quieras. Pero no sólo es eso, porque la gente que participa de esos talleres de artesanías puede dejar sus objetos para vender, y por lo tanto todo lo que está allí está en venta y ha sido creado dentro del establecimiento. 

En la parte de atrás, cuentan con una sala de unas 100 butacas como si fuera un pequeño cine, donde hacen exposiciones y por supuesto sirve para que las empresas realicen sus conferencias. 

Cuando llegas ahí sin haber visto Berlín todavía, te parece un lugar genial, increíble, ¿como puede ser tan bonito? te preguntas. Cuando recorres Berlín te das cuenta que DaWanda esconde el espíritu de Berlín en 200 metros cuadrados.


Gracias Graebert por invitarme a Berlín.



Más información de este lugar en http://de.dawanda.com/s/Snuggery

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